NEGRÍN, EL HOMBRE DE STALIN EN ESPAÑA

JUAN NEGRÍN LÓPEZ fue el prototipo del “hombre made in Moscú”, bajo cuyo mandato tuvo lugar la masiva presencia soviética comunista en España durante la guerra civil. En plena dictadura de Primo de Rivera ingresó en el PSOE, siendo elegido Diputado en 1933 y 1936, nombrándosele ese mismo año Ministro de Hacienda y posteriormente en 1937 Presidente de Gobierno español hasta su exilio a Francia en 1939.

En el currículum de delitos de Negrín  figuran tres hechos esenciales: el «tren de Negrín», «El oro de Moscú», y el «Oro del Vita».

El tren de Negrín fue una vía férrea de 91,3 kilómetros que unía Torrejón de Ardoz con Tarancón, inaugurada el 11 de junio de 1938, y que estuvo activa dos años, cuya misión era conectar Madrid con las rutas de Levante, a fin de asegurar el suministro de provisiones. Su construcción duró 100 días, y en las obras intervinieron 12.000 personas,  cuyas dos terceras partes eran prisioneros políticos sacados de las cárceles republicanas, muchos de los cuales fueron asesinados cuando ya no eran útiles para el trabajo. Entre los presos destacaban los religiosos y los militares, a los que se obligaba a trabajar en jornadas de doce o catorce horas.  

Los presos eran alojados en diversos edificios a lo largo del trazado de la vía férrea. En la capilla de Nuevo Baztán, en la que estuvieron alojados durante varias semanas, se conserva una placa que recuerda la estancia de estos presos que fueron usados como esclavos.

La construcción de este trazado ferroviario, que permitió la entrada de comida y suministros a Madrid, era conocida por el alto mando del ejército de Franco. Éste, decidió no bombardear las obras de construcción porque sabía que la mano de obra que se estaba usando eran prisioneros usados como esclavos por los republicanos.

«El Oro de Moscú» consistió en una operación de vaciado de las arcas públicas mediante la cual se trasladaron a la Unión Soviética 510 toneladas de oro en monedas, correspondientes al 72,6% de las reservas de oro del Banco de España, a iniciativa de Juan Negrín, que por entonces era ministro de Hacienda en el Gobierno de Largo Caballero.

Los detalles de la operación «Oro de Moscú» nos son bien conocidos debido a que en 1956 Rómulo Negrín —siguiendo una voluntad de su padre— entregó al Gobierno de Franco los documentos del «dossier Negrín», que fueron depositados en el Archivo Histórico del Banco de España, entre cuyos papeles se encontraban registros y contabilidades de la entrega del oro a Rusia.

Esta operación se llevó a cabo mediante un decreto reservado del 13 de septiembre de 1936, cuando todavía no se había cumplido un mes desde el Alzamiento Nacional. El decreto se limitaba a ordenar el traslado a un lugar seguro, pero nada se decía en él  de trasladarlo a la URSS. También afirmaba que habría una rendición de cuentas ante las Cortes, la cual nunca llegó a producirse.

Este traslado solamente lo conocían  el Presidente del Consejo de Ministros [el propio Largo], el Ministro de Hacienda [Negrín] y el de Marina y Aire [Indalecio Prieto]».

Además de secreta, aquella operación era completamente ilegal, pues violaba La Ley de Ordenación Bancaria (LOB) del 29 de diciembre de 1921 (o Ley Cambó), según la cual la movilización de las reservas debía contar con la autorización del Consejo de Ministros.

La magnitud de este expolio fue considerable, ya que las reservas de oro del Banco de España, según las estadísticas internacionales, ocupaban el cuarto lugar en el mundo, con un valor de reservas movilizables tasado en 718 millones de dólares solamente para la sede de Madrid. Un balance del mismo Banco de España fechado el 30 de junio de 1936 tasaba el valor de las reservas en 2.202 millones de pesetas-oro, equivalente a 5.240 millones de pesetas efectivas, cantidad que, al cambio actual, equivalía a unos 15.300 millones de euros, solamente por su contenido metálico, ya que su valor numismático estaría en torno a los 20.000 millones de euros, según afirma el investigador Martín Almagro Gorbea.

El oro fue trasladado a la base naval de Cartagena, prácticamente inexpugnable, con el objetivo de poder embarcarlo desde allí en caso de asedio por las tropas franquistas. Aunque por aquellas fechas el ejército nacional estaba empantanado en Madrid, muy lejos de aquel puerto, Negrín tomó la decisión de enviar el oro a Moscú, lo cual se realizó por cuatro cargueros soviéticos en la noche del 25 de octubre de 1936, los cuales pusieron rumbo al puerto de Odessa.

La mayoría de los historiadores coinciden en afirmar que la idea de trasladar el oro fue exclusivamente de Negrín, por lo cual la historiografía actual ha enterrado cualquier polémica sobre este tema.

Tras sus investigaciones, Martín Aceña responde negativamente a la pregunta de si  el traslado del oro a Moscú era la única opción para preservarlo de las fuerzas nacionales, puesto que algunos países europeos como Francia, Inglaterra, Estados unidos y Suiza ofrecían garantías suficientes para gestionar libremente ese oro.

En efecto, la versión «oficiosa» que pretende justificar el «Oro de Moscú» como algo inevitable queda destrozada por el hecho de que, paralelamente al oro enviado a la URSS, también existió el «Oro de París», ya que 2.000 cajas —conteniendo 193 toneladas de oro, equivalentes al 27,4% del tesoro— acabaron en París, en el Banco Comercial para Europa del Norte―propiedad del Partido Comunista de la URSS―, con el fin de convertir el metal en divisas con las que pagar armamento y víveres: dato importante, que demuestra que el Frente Popular podía haber colocado sin problemas aquella riqueza dorada en las democracias occidentales —en Suiza, sin ir más lejos—, en vez de enviarla a un país opaco, lejano, con una estructura ciclópea e  impermeable al control.

Los mandatarios franceses permitieron esa operación por sus convicciones antifascistas y para asegurar la estabilidad del franco, lo cual demuestra que el envío del oro a Moscú no obedeció a necesidades perentorias, sino a decisiones políticas.

Por si esto no fuera suficiente, la plata requisada en el Banco de España a la vez que el oro quedó almacenada en Murcia, siendo vendida en julio de 1938 a Francia y USA sin problema. Porque, como decían los useños, «la plata es la plata». Igual podían haber dicho que «el oro es el oro».

El mismo Largo Caballero criticaba acerbamente la gestión de Negrín con estas palabras, pronunciadas en marzo de 1939: «¿Cuánto oro se entregó a Rusia? Nunca pudo saberse, porque el Sr. Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuentas de su gestión (…) El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión, (…) de hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica? Desgraciado país, que se ve gobernado por quienes carecen de toda clase de escrúpulos (…) con una política insensata y criminal han llevado al pueblo español al desastre más grande que conoce la Historia de España. Todo el odio y el deseo de imponer castigo ejemplar para los responsables de tan gran derrota serán poco».

Junto al «Oro de Moscú» y al «Oro de París», también se puede hablar del «Oro del Vita», que consistió en una operación de expolio que trasladó a México los tesoros producto de la incautación de bienes pertenecientes al Patrimonio Artístico, de bienes de propiedad privada existentes en las cajas de seguridad de los bancos, e incluso de los Montes de Piedad. El trasladó se llevó a cabo en el yate de nombre «Vita», quezarpó en febrero de 1939 del puerto francés de El Havre con destino al puerto mexicano de Veracruz, llevando en sus bodegas 120 maletas que atesoraban mercancías incautadas por la «Caja General de Reparaciones».

La voracidad corrupta del Frente Popular se extendió prácticamente a todos los campos, porque fue muy pronto organizada y planificada por un organismo que se creó a tal efecto, llamado «Caja General de Reparaciones», la cual, bajo el pretexto de proteger el patrimonio de instituciones y particulares del saqueo populista, ejecutó una descarada política de incautaciones, que  provocó un apocalíptico expolio del patrimonio artístico español.

En el yate se embarcó una ingente fortuna en metales preciosos, obras de arte, reliquias, diamantes y otras joyas, cajas de seguridad de Montes de Piedad, etc… La identificación exacta de estos bienes sigue siendo un misterio, porque jamás se hizo inventario de su cargamento. Según el ugetista Amaro del Rosal, había objetos valiosos y recursos financieros de la Generalitat catalana; piezas del tesoro Artístico Nacional, como las joyas de la Capilla Real de Madrid; una parte del tesoro de la catedral de Tortosa; objetos religiosos de la catedral de Toledo, como el famoso  «Manto de las cincuenta mil perlas de la Virgen del Sagrario»… Los sopletes esquilmadores arramblaron incluso con las alianzas matrimoniales empeñadas por gente modesta, además de con alhajas de la clase pudiente… pocos lugares con algo de valor se salvaron de aquel salvaje latrocinio.

El objetivo de este gigantesco expolio por parte de Negrín era acopiar todo el material susceptible de venta, con un objetivo que explicó él mismo en su correspondencia con Prieto a raíz de la apropiación por este del tesoro del Vita: se trataba de que los jefes se asegurasen los medios económicos más cuantiosos posibles para el caso de ser derrotados y tener que ir al exilio, como ocurrió».

Una parte exigua de esta riqueza se invirtió en ayudar a los refugiados en México ―la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos espaloles)―, ya que su mayor parte fue requisada por Indalecio Prieto, birlándosela a Negrín en el puerto mexicano de Veracruz, el 28 de marzo de  1939, cuando el barco fue desviado a Tampico. Con sus tesoros, Prieto y sus pretorianos vivieron con magnificencia hasta el fin de sus días.

El valor de los tesoros del Vita se ha estimado en unos 76 millones de euros actuales.

Publicado por Plataforma Contra la Apología del Marxismo

La PLATAFORMA CONTRA LA APOLOGÍA DEL MARXISMO tiene como objetivo primordial exigir la retirada de los espacios públicos de toda España los vestigios del comunismo, que en forma de nombres de calles, placas, monumentos, fundaciones, centros de enseñanza, etc. ensalcen la figura de personajes vinculado al marxismo internacional y especialmente de quienes cometieron fechorías y crímenes durante la II República y la Guerra Civil durante el llamando Terror Rojo.

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